La producción y consumo de vinos de Argentina se remonta a más de cuatrocientos años, cuando los primeros especímenes de "vitis vinifera" fueron traídos a América por los colonizadores españoles a comienzos del siglo XVI.
Las vides fueron introducidas en México, desde donde se reprodujeron hasta alojarse en el Perú, para luego llegar a Chile y finalmente desembarcar en nuestro país alrededor del año 1556.
Santiago del Estero fue la primera provincia argentina en plantar vides. Desde allí, el cultivo se expandió a Mendoza y San Juan, regiones donde el suelo y el clima les fueron notablemente propicios.
Favorecido por las óptimas condiciones, la "vitis vinifera" comenzó un desarrollo pleno y acelerado, especialmente en las regiones cercanas a Los Andes, en donde encontró un ambiente ecológico adecuado para la producción de uvas de la máxima calidad.
Los primeros productores cuyanos desarrollaron la naciente industria, trazaron nuevos canales de riego y pelearon la dura competencia enfrentando a Bs. As. por donde ingresaban vinos españoles con una tasa de importación baja, haciendo que el precio final fuese menor que el vino local.
A finales del siglo XIX la Argentina vio nacer su ferrocarril, y este desarrollo, sumado a la numerosa inmigración europea integrada en su mayoría por italianos y españoles, hizo que las cepas europeas y el legado cultural asociado a ellas dieran lugar a la gran expansión de la cultura vitivinícola como industria nacional. De ese entonces data la llegada del Malbec a nuestro país.
Un hábitat único para la creación de grandes vinos
Situado al sur del Continente Americano, con una población de casi 40 millones de habitantes y un territorio equivalente al 30% del tamaño del continente europeo, la Argentina es el octavo país más grande del mundo y una de las reservas ecológicas más destacadas del planeta. Poseedora de una riqueza natural y paisajística notable, en ella conviven el bosque sub-tropical y las selvas, desiertas y extensas planicies, lagos y montañas, fértiles pampas, y dunas de arena barridas por intensos vientos.
Dentro de esa diversidad de ecosistemas naturales, una serie de regiones altamente propicias para el desarrollo de la vid se extienden a lo largo de toda la región andina. El mapa vitivinícola del país comprende una vasta franja al oeste del territorio, desde los 22 hasta los 42 grados de latitud sur. Allí existe una superficie cultivada de más de 228.575 hectáreas*. La cercanía del macizo andino hace que el cultivo de la vid se practique sobre planicies, en altitudes que van desde los 300 hasta los 3.000 metros sobre el nivel del mar. Tal peculiaridad, única en el mundo, no sólo abarca a los viñedos ubicados a las mayores alturas conocidas para la producción de vinos, sino, además, ubica al promedio general de los cultivos por encima de los 900 metros, algo que no tiene parangón en todo el globo.
Otro rasgo distintivo del vino argentino es su condición natural, fundamentada en las bondades de un clima seco, en donde las enfermedades que afectan a la vid son poco frecuentes y, por lo tanto, apenas necesarios los tratamientos para combatirlas. El riego permite regular la fertilidad de los suelos, recurriendo a las aguas purísimas provenientes del deshielo de la nieve y los glaciares de los macizos andinos. El cielo, casi siempre diáfano, provee abundante sol para lograr altos tenores de madurez, pero está también convenientemente compensado con una importante amplitud térmica. Como dato adicional pero no menos remarcable, es necesario señalar que todos los viñedos se sitúan lejos de los centros poblados, y por lo tanto carecen de contaminación y están mayormente sustentados por suelos jóvenes, escasamente labrados, lo que permite trabajar sin la adición de fertilizantes. Todo esto imprime a los vinos un carácter único, reconocible por los colores intensos, los aromas profundos y los sabores carnosos, colmados de fruta y de frescura.
En este contexto, y a lo largo de cinco siglos, la Argentina ha desarrollado una viticultura muy singular.
La tierra del Sol y del buen Vino
Mendoza es la más importante de las provincias vitivinícolas argentinas, y produce más del 80% del vino nacional en sus 160.704* hectáreas de viñedos. Allí se desarrolla una industria orientada cada vez más hacia la calidad, caracterizada por la búsqueda de las mejores relaciones entre variedades y terruños, y basada en la envidiable diversidad de sus terrenos.
La Altitud de los viñedos va desde los 457 hasta los a 1.700 mts sobre el nivel del mar.
El promedio anual de temperatura es de 15/19 ºC, y el de lluvias de 200 mm por año.
La geografía vitícola básica mendocina puede dividirse en cinco grandes oasis vitivinícolas, cada uno con su propia ubicación, altura y composición de suelos: Región Norte, Región Este, Río Mendoza, Valle de Uco y Sur.
Nuestra variedad insignia
Aunque originaria del sudoeste de Francia, esta variedad tinta se ha adaptado mejor al suelo argentino que a ningún otro. Aquí encontró las condiciones ecológicas ideales para su desarrollo, dando vinos excepcionales y reconocidos mundialmente.
El Malbec argentino adquiere características bien diferentes según las condiciones de clima y suelo en que se cultive. Hay 22 clones reconocidos de este varietal en nuestras tierras.
Qué buscar en el Malbec
La característica más sobresaliente del Malbec es su color violáceo oscuro e intenso. Los aromas del Malbec recuerdan a ciruelas, cerezas y frutos rojos, en algunos casos con reminiscencias de frutas cocidas (por ejemplo, mermelada), dependiendo el momento en que se haya realizado la cosecha. También tiene una nariz floral, que recuerda especialmente a violetas. En boca el Malbec es suave, redondo y dulce, con taninos aterciopelados y de buen volumen.
Con qué acompañar el Malbec
Es ideal para acompañar carnes rojas, cordero a las brasas, guisos, estofados y pastas con salsa de tomate.